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ESPACIO INSTITUCIONAL*

Lic Ricardo Malfe - 

Homenaje de EnigmaPsi**

Recibido el 22 de agosto de 2003

El espacio es dimensión propicia de lo instituído, a lo que está instalado. Un establecimiento, un Estado, necesitan un lugar para desplegar sus funciones o sus poderes, un territorio.

Sin embargo, estos espacios institucionales no han de ser simplemente ubicados en el continum tridimensional homogéneo, euclídeo-cartesiano, de la cosmovisión moderna. La que se da en llamar ahora ‘cultura computacional’ nos acostumbró ya a procesos, juegos, intercambios, que no tienen lugar en un lugar preciso, y asi se acerca esta cultura a revelar, por mímesis, ciertas carácterísticas de nuestro entendimiento y fantasía; en la que se sustentan también, en última instancia, las instituciones. Desde este espacio que no ocupa lugar, al que de modo laxo le decimos ‘mental’ rigen ellas unánimes, como la hora oficial, pero también vacilan y se tranforman.

De todas maneras, un enlace queda establecido, frecuente y sólido, entre estas regularidades jurídicas o consensuales que llamamos instituciones y configuraciones del espacio en un hábitat.

Dicho enlace, de conflictivos o armónicos movimientos, puede ser estudiado con mayor claridad cuando acotamos el problema al ámbito de las organizaciones humanas, ‘instituciones’ casi por antonomasia. Estos sistemas familiares restringidos, diseñados para el cumplimiento de fines   específicos, abre un campo de batalla y sirven de escenario para conflictos muy diversos. El espacio global de la institución sería asi semejante  a una ambientación muy realista que, como en alguna pieza de Pirandello ocupe el teatro entero (o equivalga a él) para el desarrollo de una sola o varias representaciones simultáneas, coordinadas o no.

En el desarrollo de tales historias, la participación expresiva e instrumental del espacio es notoria. Fábricas, hospitales, cárceles, escuelas, hacen oir, silenciosa pero elocuentemente, información precisa, con su disposición y sus acondicionamientos, sobre la gente que las creó, las usa, las soporta o las sufre, destruye o recontruye.

Las tres dimensiones fundamentales por las que se juega una dialéctica del espacio en las organizaciones son aquellas que nos permiten rastrear, en sus vicisitudes y contradicciones, una utilización del espacio, una politización del espacio y una semiotización  del espacio. Esas tres dimensiones se despliegan conjuntamente, inextricables, en sus figuras de conflicto y también de armonía. En la génesis de la organización, es decir, en el proyecto institucional y el diseño arquitectónico consiguientes, ya se intrincaron y en los desarrollos ulteriores seguirán unidas, pero importa distinguirlas  analíticamente, pues cada una de las tres plantea problemas específicos que suelen verse complicados por la interferencia de lo no resuelto de las otras (como veremos enseguida, será necesario intercalar un eslabón explicativo, estrictamente psicológico, para entender cómo y por qué suelen quedar oscurecidas las cuestiones que hacen a esta triple relación).

La lógica que se supone que rija procesos y estructuras de utilización del espacio en las organizaciones está ligada a una búsqueda de racionalidad en el cumplimiento de sus fines explícitos.

Sin embargo, esa abstracta intención se conjuga siempre con designios de mayor poder de un grupo sobre otro, un sector sobre otro, personales; expresados fielmente lso conflictos que de alli se derivan a través del espacio articulado y ambientado de las organizaciones, ya en le diseño mismo, ya por acomodaciones y reacomodaciones posteriores. La puja territorial suele redundar en malos usos, entorpecimientos, deterioros o destrucción lisa o llana.

Un ejemplo de esta politización del espacio en las organizaciones nos lo puede brindar la guerra que se generó en un nuevo hospital entre médicos clínicos y especialistas en torno a la utilización de los modulos de internación. Los primeros insistían en que dichos módulos permanecieran bajo jurisdicción clinica y los segundos querían que se instalasen módulos de internación especializada. Es difícil, quizá imposible, discernir en esta cuestión los aspectos que podríamos clasificar de ‘funcionales’ de aquellos otros, indudablemente ‘políticos’ que remiten a la lucha por mayor poder dentro de la organización hospitalaria y del dispositivo médico- asistencial en su conjunto. Esta lucha queda concretamente representada por la tensión territorial, aunque no consiste esencialmente en ella, como pretende algún reduccionismo etologista.

Al mismo tiempo, ligado al anterior, marca un límite a la pretensión funcional del diseño toda repetitiva insuficiencia del decir que esté instalada en la ‘cultura’ institucional. Ejemplo de una inadecuada semiotización del espacio organizacional nos lo dio a los psicólogos que realizábamos una intervención institucional en un servicio hospitalario la paradojal situación que alli encontramos: si bien todos los que trabajan en el Servicio se quejaban reiteradamente de la falta de espacio, había un lugar variable, junto a la entrada del Servicio que no usaban. Pero lo más interesante es que tampoco lo tenían registrado como sitio, que en cierta forma no lo percibían, o mejor, que ese cuarto vacío no figuraba para ellos en la representación que se había construido del espacio de la organización.

La peculiaridad de este tipo de ejemplos obliga al psicólogo a introducir el eslabón explicativo que antes quedó anunciado. El desafío lo plantean resquebrajaduras tan llamativas como ésta de los supuestos de racionalidad en el comportamiento colectivo, ya sea – como en este caso – en relación con la utilización del espacio, ya sea en otro dominio o dimensión cualquiera de los campos históricos en los que aquél intervenga.

Al decir arriba que, para los miembros del Servicio en cuestión, determinado sitio ‘no figuraba’ como representación operante, se pretendió implicar que los hechos y proceso sociales, aún los que implican una dimensión tangible, como los usos del espacio, pasan por el desfiladero más sutil, el del lo psíquico o ‘mental’. No hará falta insistir acá en la observación de que nuestro acceso a lo que conocemos como real y a lo que hacemos con esa ‘realidad’ está mediado por mallas o redes de representaciones argumentadas por una cultura y por la historia personal, comenzando por aquellos vectores que pudieran tenerse como menos flexibles, el espacio y el tiempo. Tampoco será necesario justificar extensamente que les demos de fantasmáticas a esas tramas representacionales que están cristalizadas en un ámbito cultural o subcultural, tanto más vivo cuanto menos dichas.

En el caso del servicio asistencial mencionado, el fantasma institucional que vedaba la posible utilización de un espacio que era funcionalmente apropiado para la recepción del público, llevaba implícito el horror a enfrentarse con las familias de los pacientes niños alli asistidos, por la naturaleza de la afección y también por el modo particular del vínculo que habían establecido los profesionales con su tarea.

Esto habla entonces, de la conveniencia de entender que, entrelazada en la dialéctica de los procesos ya postulados – utilización, politización, semiotización del espacio – y en calidad de nexo por el que ellos se incorporan al Lebenswelt del campo histórico estudiado, operará también siempre una fantasmatización del espacio. Desde ella se definen, tanto en una organización como en otros ámbitos colectivos de cualquier amplitud, las significaciones del espacio vivido.

No siempre el mito lo explicita con la claridad de la que es capaz, pero si el investigador se adentra en los discursos y los atraviesa, si escudriña las prácticas y los intercambios que se efectúan, descubrirá que todo el espacio habitado esta ‘animado’ que hay lugares benignos y lugares malditos, sancta sanctorum, limbos, purgatorios y supuestos paraísos.

A modo de ejemplo final: ya se sabe que en las empresas grandes, cuya administración ocupa edificios de varios pisos, casi siempre el más alto equivale al piano nobile de los palacios renacentistas: alli está el poder. La preocupación estética que se afina en esos lugares puede tomarse como metáfora del goce al que podría acceder ‘quien esté arriba’.

Los 'infiernos' de ese tipo de organizaciones no habrá que buscarlos en los pisos bajos ni en los sótanos de sus edificios administrativos porque, de seguir con la vetusta alegoría, alli habría que ubicar 'limbos' y 'purgatorios' burocráticos.

Los infiernos habrá que buscarlos en las plantas de producción, en los establecimientos rurales, las explotaciones forestales, los barcos pesqueros, las canteras, las minas, en los frentes de batalla de la prestación de servicios o en los mismos centros actuales de procesamiento de datos. Aquí, en estos lugares, el trabajador está sitiado y no sólo situado. El puesto de trabajo representa el locus infimus en el que se apoyan y se desagotan a la vez, las configuraciones de todo nuestro apoyo social.  

*Trabajo publicado en la RAP nº 39 – Revista de la Asociación de Psicólogos de Buenos Aires – Junio de 1989 -

**Fue uno de los primeros alumnos de la carrera de Psicología, creada en la Facultad de Filosofia y Letras de la UBA.  Fundador de las  cátedras de  Psicología Institucional y Psicología del Trabajo. Fue profesor titular de Psicologia Social en la Facultad de Ciencias Sociales. Se desempeño como Presidente de la Asociación de Psicólogos de Buenos Aires entre 1996 y 1970. Formó parte de la Comisión Directiva de las Comisiones Permanentes de la Asociación de Psiquiatria Social.

Fue un luchador incansable por la profesión en el ámbito individual, social y comunitaria. Era un convencido de el conocimiento es una construcción conjunta que no debe ponerse al servicio de un mero brillo personal, sino a disposición del que lo pueda instrumentar para acercarse a la meta de lograr un mundo mejor.

El autor falleció el 11 de mayo de 2003 a los 66 años.

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